La Moraleja no nació como escaparate de famosos. Su plan de ordenación se aprobó en 1946 para levantar una ciudad jardín sobre una finca de caza de unas 1.150 hectáreas en Alcobendas, y fueron las sagas empresariales de los cincuenta y sesenta las que convirtieron aquel suelo en sinónimo de estatus. Esta lista repasa a los personajes que han contado la urbanización a quien nunca ha vivido en ella: no es un ranking de fortunas ni de metros cuadrados, sino un recorrido por quienes han dejado una huella reconocible en su imagen pública.
El criterio es esa huella, no el patrimonio. Rocío Jurado abrió el barrio a la copla en un territorio de apellidos industriales; Ana Obregón convirtió su casa en plató y en escenario de su propia vida televisada; Isabel Pantoja llegó a comienzos de los noventa aconsejada por Encarna Sánchez y levantó allí un chalet; Tita Cervera sumó el relato de la aristocracia. Todas comparten lo mismo: su intimidad se siguió como un serial y La Moraleja acabó siendo parte del guion.
1Las sagas empresariales de los años cincuenta y sesenta que convirtieron La Moraleja en feudo de estatus
La Moraleja no nació como urbanización de lujo por generación espontánea. En 1946 se aprobó su plan de ordenación como ciudad jardín sobre una finca de caza de unas 1.150 hectáreas en Alcobendas, con la obligación de mantener verde el 70% del suelo y parcelas mínimas de 2.500 a 10.000 metros cuadrados. Ese diseño, impulsado por el conde de los Gaitanes, José Luis de Ussía y Cubas —hijo de los marqueses de Aldama—, funcionó como filtro de clase antes incluso que como negocio inmobiliario: dos de sus avenidas siguen llevando los nombres de la madre y del hijo. A finales de los cincuenta y a lo largo de los sesenta empezaron a levantarse los primeros chalets aislados, de ladrillo visto y cubierta de pizarra, ocupados por fortunas industriales del desarrollismo y por la aristocracia madrileña. La casa que Ricardo Vázquez de Molezún proyectó allí en 1955 confirma que el enclave se convirtió pronto en escaparate de arquitectura moderna para una élite que no buscaba piso, sino distancia.
El salto definitivo llegó con otra saga, los García Obregón. En 1969 Antonio García Fernández, al frente de las constructoras Jotsa y Prosa y asociado a la belga Electrobel y a Vías y Construcciones, compró el 95% de Niesa, la sociedad propietaria de los terrenos, por unos 700 millones de pesetas de la época (4,2 millones de euros), según la entrevista que concedió años después. El arquitecto Juan Antonio Ridruejo planificó la urbanización por fases y las parcelas —de 10.000, 2.500 y 1.500 metros— se agotaron en menos de cinco años, con precios que iban de las 600 a las 2.500 pesetas el metro cuadrado. García Fernández fue además cofundador del Club de Golf, epicentro social de la zona, e impulsor de Moraleja Green; Alcobendas le dedicó un paseo en 2023. El cóctel de campo de golf, colegios internacionales, vigilancia privada y suelo escaso convirtió el dinero en vecindad y la vecindad en apellido.


