La Moraleja, en Alcobendas, al norte de Madrid, es un enclave residencial y de oficinas donde la restauración ha crecido al ritmo de sus urbanizaciones y de sus colegios internacionales. La oferta dominante sigue siendo la cocina española de producto, con casas de largo recorrido, pero junto a ellas se ha consolidado un repertorio de cocinas extranjeras que ya no funciona como excepción ni como rareza de fin de semana. Aquí convive el comedor de mantel con la barra japonesa, la parrilla de siempre con la terraza de centro comercial y la marca internacional que aterriza con vocación de quedarse.
La selección se limita a propuestas de cocina extranjera en ese entorno, e incluye el centro comercial Herón Diversia, en la avenida de Bruselas de Alcobendas, a poco más de doscientos metros del barrio. Reúne cinco tradiciones —japonesa, mexicana, argentina, francesa e italiana— y formatos que van del menú degustación a la carta pensada para compartir o al local de cadena con precios contenidos. El criterio es la variedad de cocinas representadas y la solvencia contrastable de cada casa, no el lujo ni la novedad. Quedan fuera, por tanto, los locales de cocina española de la zona.
4Peppe Fusco: trattoria italiana con pasta fresca en La Moraleja
En el número 2 de la calle de la Estafeta, en plena plaza de La Moraleja (Alcobendas), el Gruppo Pulcinella —el grupo italiano afincado en Madrid desde 1994 y con nueve locales— abrió en 2025 su segundo Peppe Fusco, después del de Fuencarral. Detrás está Enrico Bosco, propietario y director gastronómico, que empezó hace tres décadas secando cubiertos en la primera trattoria que su padre abrió en el centro de Madrid y que ha construido la carta como un homenaje a las recetas de su nonna y a la cocina del sur de Italia. La seña de identidad de la casa es la pasta fresca elaborada al momento, acompañada de salsas cocinadas sin atajos y de una pinsa romana que se ofrece en hasta una docena de versiones. El propio restaurante lo resume con una idea que repiten las crónicas: nada de pizza congelada ni pasta industrial. Dos amplias terrazas y un interior luminoso completan un espacio pensado para quedarse.
La propuesta de pasta permite recorrer clásicos y platos menos habituales en las cartas españolas: la carbonara con guanciale crujiente y pecorino ronda los 16,50 euros, los espaguetis alle vongole con almejas y tomate datterino se sitúan en 20,50 euros, y los tagliolini al tartufo con láminas de trufa fresca de temporada llegan a los 23,90 euros. A ellos se suman los gnocchi ai quattro formaggi (16,50 euros), la lasagna di Zia Lidia con tomate San Marzano DOP (15,90 euros) o los paccheri con cigalas al pomodoro picante. La bodega es íntegramente italiana, con referencias desde unos 20 euros, y el ticket medio se mueve alrededor de los 30 euros. El local mantiene además una cocina casi ininterrumpida —abre a las 8.00 entre semana y a las 9.00 los fines de semana— con desayunos, brunch a la carta, almuerzos y cenas, y acumula una valoración cercana al 4,8 sobre 5 en Google a partir de más de 800 opiniones.


