A finales de los años 80, dejando atrás el bullicio del centro de Madrid, Lola Flores y Antonio González «El Pescaílla» decidieron trasladar su arte y su dinástica cotidianeidad a uno de los enclaves más exclusivos de la capital: La Moraleja. La Faraona adquirió allí una propiedad que pasaría a formar parte indeleble de la historia de la crónica social española: ‘El Lerele’. Lejos de ser una mansión minimalista o fría, el chalet se convirtió en una extensión fiel de la propia personalidad de la artista, un espacio vibrante levantado sobre una parcela de más de 2.000 metros cuadrados que respiraba manantial andaluz, madera noble y una clarísima vocación de convivencia familiar.
Un hogar a medida de una leyenda y su tribu
La vivienda principal, distribuida en dos plantas amplias, albergaba cinco habitaciones y siete baños, además de un salón palaciego presidido por grandes retratos de la matriarca, muebles de indudable carácter clásico y una cocina abierta que conectaba directamente con el exterior y el jardín. Pero si algo diferenciaba a El Lerele del resto de opulentas residencias de la urbanización era su atmósfera orgánica, bohemia y siempre abierta a los amigos.
En el exterior, rodeando una gran piscina y un porche de piedra que albergaba interminables reuniones y tertulias flamencas, destacaba una cabaña independiente que Lola mandó construir especialmente para su hijo Antonio Flores. Aquel rincón funcionaba como el refugio creativo del joven músico, un espacio de libertad donde componía, tocaba la guitarra y ensayaba al margen del bullicio principal de la casa, convirtiéndose en su particular santuario artístico dentro de la finca familiar.
El escenario de la edad dorada y el dolor más profundo
Durante años, El Lerele abrió sus puertas a incontables artistas, figuras del flamenco y amigos del clan en celebraciones que ya forman parte del imaginario colectivo patrio. Sin embargo, la imponente parcela de La Moraleja fue también testigo mudo de la cara más amarga y desgarradora de la saga Flores.
- El último adiós a La Faraona: Fue precisamente en este chalet donde, en la madrugada del 16 de mayo de 1995, se apagó la vida de Lola Flores tras una larga y durísima lucha contra la enfermedad. La artista quiso marchar rodeada de los suyos, convirtiendo el domicilio en un lugar de recogimiento y luto nacional donde miles de seguidores lloraron a las puertas de la urbanización.
- El golpe definitivo para el clan: Pocos días después del fallecimiento de su madre, el destino golpeó de nuevo a la familia de manera trágica con la pérdida de Antonio Flores en esa misma finca, un suceso que sumió a los Flores y a todo el país en una etapa de profunda oscuridad y dolor del que tardarían años en recuperarse.
El declive, la venta del mito y la memoria actual
Con el paso de los años, el sostenimiento de una infraestructura tan colosal y los conocidos problemas económicos y con la hacienda pública que arrastraron varios miembros de la familia hicieron insostenible la continuidad en el chalé. Rosario Flores, la última propietaria directa de la casa dentro del clan, tomó finalmente la decisión de ponerla a la venta a finales de la década pasada por algo menos de dos millones de euros, vaciándola previamente de los cuadros, recuerdos y enseres personales que custodiaban la memoria viva de sus padres.
Hoy, El Lerele sigue en pie en La Moraleja bajo titularidad anónima, pero su silueta arquitectónica permanece unida para siempre al mito de los Flores. Aquellas paredes de piedra y madera ya no albergan el compás de la guitarra de El Pescaílla ni el eco de la voz inconfundible de Lola, pero la leyenda de lo que allí se vivió continúa intacta, recordando que en aquel rincón del norte de Madrid habitó, durante su época dorada, la realeza indiscutible de la copla y el duende español.


