Hace menos de una semana, el miércoles santo, uno de los focos de atención para los vecinos de Alcobendas estaba puesto en el Cabo Cañaveral, Florida en el despegue de la misión Artemis II de la NASA, marcando un hito histórico con el regreso de una tripulación a la órbita de la Luna por primera vez en más de 50 años. Una de los responsables para que todo cumpla su cometido es una vecina de Alcobendas, Teresa Nieves-Chinchilla.
La madrileña nació hace 53 años, es doctora en Ciencias Físicas por la Universidad de Alcalá (UAH) y licenciada en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Con más de 15 años de trayectoria en el Laboratorio de Física Heliosférica, ha pasado de analizar datos técnicos a liderar la Moon to Mars Space Weather Analysis Office (Oficina de Análisis Meteorológico de la Luna a Marte). Es decir, el «servicio de predicción» del que depende la seguridad de los astronautas que regresarán a la Luna con el programa Artemis.
La alcobendese se desarrolla dentro del campo de la Heliofísica, con un enfoque particular en el análisis de las eyecciones de masa coronal (CME), enormes expulsiones de plasma y campo magnético desde el Sol. Estudia en detalle cómo estos fenómenos influyen en la dinámica del viento solar y alteran la estructura y el comportamiento de la heliosfera, es decir, la vasta región del espacio dominada por la actividad solar. Además, su labor busca comprender mejor las posibles repercusiones de estos eventos en el entorno espacial cercano a la Tierra y en las tecnologías que dependen de él.
“El principal riesgo para los astronautas es la radiación”, ha insistido en repetidas ocasiones. Desde su posición, explica que la oficina que dirige opera como un servicio de meteorología altamente especializado: realiza una vigilancia continua del Sol durante las 24 horas del día, analiza y modeliza el comportamiento del viento solar y evalúa en tiempo real la evolución de los fenómenos más peligrosos. A partir de estos datos, el equipo emite alertas críticas que resultan decisivas para las misiones, ya que permiten a las tripulaciones anticiparse y resguardarse dentro de sus naves antes de que una intensa lluvia de partículas cargadas impacte en su entorno, reduciendo así los riesgos para la salud y los sistemas a bordo.
«El principal riesgo para los astronautas es la radiación»
Teresa tiene una labor clave para la seguridad de las operaciones fuera de la Tierra. Desde esa posición, se encarga de monitorear y prever la actividad solar, incluyendo tormentas y episodios de radiación que pueden representar un riesgo significativo. Su trabajo permite anticipar posibles amenazas y aplicar medidas de protección que resguardan tanto a los astronautas como a los sistemas robóticos, un aspecto fundamental para garantizar el éxito y la continuidad de las misiones espaciales.
UN VÍNCULO ENTRE ESTADOS UNIDOS Y ESPAÑA
Más allá de sus aportaciones al ámbito de la investigación espacial, Nieves-Chinchilla ha logrado consolidarse como una figura clave en la cohesión de la comunidad científica española en Estados Unidos. A través de su iniciativa y liderazgo, ha fomentado la creación de redes de colaboración entre investigadores, facilitando el intercambio de conocimiento y experiencias en un entorno altamente competitivo.

Su implicación ha contribuido además a visibilizar y fortalecer el talento español en el sector aeroespacial, promoviendo oportunidades profesionales y académicas para otros científicos. De este modo, no solo impulsa avances en su campo de estudio, sino que también actúa como un puente entre países, reforzando los vínculos científicos y abriendo nuevas vías de cooperación internacional.
EL PELIGRO AL QUE SE SOMETEN
La expedición Artemis II afrontan algunos riesgos a explorar lugares donde ningún ser humano ha estado antes y para crear tecnología capaz de funcionar en entornos totalmente ajenos. Además, no conocen con exactitud cómo se comportarán estas regiones; por ejemplo, es crucial entender cómo responde la Luna a distintas condiciones meteorológicas y solares.
La misión Artemis II durará 10 días, pero ya en Artemis IV, prevista para 2028, los astronautas descenderán a la superficie lunar para construir infraestructura. Tanto ellos como los robots estarán expuestos a condiciones extremas, muy distintas a las terrestres. La Luna carece de atmósfera, lo que provoca variaciones dramáticas en su entorno: las ruedas de los vehículos pueden acumular cargas eléctricas, se producen fenómenos de ionización y aún no se sabe cómo podrían afectar a las operaciones. Por eso es fundamental que los científicos estudien estos efectos y desarrollen protocolos que garanticen la seguridad y eficiencia de las misiones.
EL DESTINO LA ESTABA LLAMANDO A SU PUERTA
La vecina de Alcobendas vivía prácticamente al lado de la residencia familiar de Eduardo García Llama, quien se desempeña como uno de los ingenieros principales de la misión Artemis II. Su vínculo se remonta a la universidad, donde se conocieron y comenzaron a forjar una relación profesional basada en intereses compartidos en la ciencia y la exploración espacial.
Décadas después, ese vínculo se ha transformado en una colaboración estratégica: ambos lideran áreas fundamentales que permiten planificar y ejecutar el regreso de la humanidad a la Luna, un hito que no se alcanzaba desde hace más de 50 años, demostrando cómo la trayectoria de la vida y la pasión por el espacio pueden converger en proyectos históricos.


