El Chinatown Usera Madrid ya tiene su puerta oficial. El arco de la plaza del Hidrógeno, coronado con un oso y dos dragones pintados por Okuda, se inauguró el jueves 1 de octubre ante cientos de personas y con el embajador de China en primera fila.
Hemos ido a verlo y toca reconocerlo: las fotos no le hacen justicia. La reforma ha levantado siete plazas consecutivas y ha peatonalizado buena parte de las calles que desembocan aquí, en lo que hasta hace dos años era una zona con demasiados coches y aceras mínimas.
El acto se eligió con intención: el 1 de octubre es fiesta nacional en China. Sonó el tambor tradicional —un golpe por la fortuna y la salud, el segundo por la armonía de los pueblos y el tercero por una cultura que perdure— y tanto el alcalde como el embajador chino dejaron claro que esto va de algo más que de una obra. “Los profundos lazos que nos unen”, resumió el regidor. Traducido a lenguaje de barrio: aquí se hace política con dragones.
Qué esconde el arco de Okuda más allá de los dragones
La pieza de coronación es de Okuda, el artista urbano más reconocido del país, y el Ayuntamiento presume de originalidad: no es una copia de las puertas de otros Chinatowns del mundo. En el diseño conviven el oso, emblema de Madrid, y dos dragones mitológicos. La concejala del distrito, Sonia Cea, lo resumió diciendo que representa “que lo diferente se puede fundir en un gran abrazo”.
No todos lo leen igual. Hay quien ve un dragón de más y quien echa en falta algo mucho más práctico: una traducción. Los caracteres grabados son proverbios asiáticos sobre el encuentro y el respeto entre culturas, pero están solo en chino. “Todos decimos que debería haber una parte en español para saber lo que dice”, cuenta Jenny, que regenta una tienda de variantes justo enfrente.
Un arco no cambia un barrio por sí solo: lo cambia el precio del local que hay justo debajo, y ese ya se está moviendo.
La tienda de bolsos que ya es una franquicia de pollo frito
A dos manzanas, en el número 92 de la calle Marcelo Usera, se ve mejor que en ningún sitio lo que viene. Ahí estaba Bolsos Cuesta, una tienda de artículos de piel de barrio abierta desde 1962 y cerrada hace dos años por la jubilación de sus dueños. Su sitio, delante del paso de cebra más ancho de Usera —casi tan ancho como el de Gran Vía—, lo ocupa hoy una conocida franquicia de pollo frito.
La lógica es fácil de seguir: los locales siguen siendo relativamente baratos y las plusvalías, con el nuevo flujo de visitantes, pueden ser altas. Cuando eso ocurre, el pequeño comercio no compite: se recoloca. En la plaza del Hidrógeno conviven ahora clínicas dentales, peluquerías, una oficina bancaria, y una carnicería, cuatro modelos de negocio con cuatro expectativas distintas.
Ya sabemos cómo acaba esto.
Duosheng, diez años al frente del antiguo restaurante El Barranco, mira el arco con simpatía: “El oso lo vemos raro y los dragones son diferentes a los de China, pero está bien”. Juan Antonio, carnicero de la plaza desde hace 32 años, confía en que la afluencia le traiga clientes. Jenny es la más prudente: “Que de verdad consuman, porque mucha gente viene, mira y se va”.
Para intentar que consuman, el Ayuntamiento repartirá un sello de calidad Chinatown de Madrid entre los comercios que se sumen a su programa de promoción turística. La idea es que el visitante sepa qué locales forman parte del paquete. Habrá que ver cuántos se apuntan y en qué condiciones.
Quién gana y quién pierde cuando un barrio se convierte en marca turística
Conviene no engañarse. Que una administración peatonalice calles, abra plazas y arregle aceras es, casi siempre, buena noticia para quien vive allí. La duda no está en el suelo: está en el alquiler. Cada vez que un barrio se convierte en producto, el precio del local sube antes que la caja registradora, y el comercio de toda la vida es el primero que no puede seguir el ritmo.
Hemos visto este patrón antes. Las grandes actuaciones financiadas con fondos europeos suelen dejar un barrio más cómodo y también más caro, con un mix comercial que se mueve hacia la restauración y el ocio. En el norte de Madrid lo tenemos cerca: cuando una gran enseña aterriza en un centro comercial tipo Megapark o Plaza Norte 2, sube la afluencia, sí, pero el pequeño comercio de alrededor trabaja con menos margen. Es lo que le está pasando a Jenny.
El otro riesgo es el de siempre: que el visitante venga, haga la foto bajo el oso y se marche. Eso se combate con contenido y con precios, no con un arco, por bonito que sea. Y la parte que de verdad decide —cuánto costará un local en la plaza del Hidrógeno dentro de dos años— no sale en ninguna nota de prensa.
En fin, cosas del barrio


