Ángel Soto rescata ROAKS en su novela: La historia de cuando Alcobendas hablaba inglés y celebraba el 4 de julio

- Ángel Soto desvela en su nueva novela, "Al Sur de La Moraleja (ROAKS)", la desconocida vida de la comunidad americana establecida en Alcobendas durante 1972.
- Lo que hoy es una zona residencial consolidada, fue entonces el escenario de un choque cultural único: la llegada de los militares y familias de la base aérea de Torrejón a la urbanización Royal Oaks.

Hay lugares que desaparecen sin dejar rastro físico, pero que permanecen intactos en los recuerdos de quienes los habitaron. Para muchos vecinos de Alcobendas, el nombre de «Royal Oaks» (o simplemente ROAKS) evoca una época de coches americanos, vallas blancas y fiestas de Halloween cuando nadie en España sabía lo que era una calabaza. El escritor Ángel Soto ha decidido que esa historia merecía ser contada, y lo ha hecho a través de una novela que mezcla la crónica social con la ficción nostálgica: «Al Sur de La Moraleja».

Un oasis californiano en el Madrid de 1972

La trama nos transporta a un año clave, 1972. Mientras España se movía a un ritmo todavía marcado por la dictadura, en una ladera al sur de La Moraleja se levantaba un microcosmos de libertad importada. Royal Oaks era la zona residencial por excelencia para los oficiales de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos destinados en Torrejón de Ardoz. No era solo un conjunto de casas; era una exportación del sueño americano directamente a la meseta castellana.

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Soto describe con precisión quirúrgica ese contraste: el olor a hamburguesa a la parrilla mezclándose con el aire de un Alcobendas que todavía era mayoritariamente agrícola y obrero. En ROAKS se hablaba inglés, se celebraba el 4 de julio y se vivía con una mentalidad que a los españoles de la época les parecía venida de otro planeta. La novela no solo retrata la arquitectura de la zona, sino la psicología de una comunidad que vivía «en España, pero fuera de ella».

El choque cultural y la herencia de ROAKS

Uno de los puntos más interesantes de la obra es el análisis del contacto entre dos mundos. Ángel Soto utiliza a sus personajes para mostrar cómo los jóvenes españoles de los alrededores miraban con fascinación y envidia aquel recinto vallado donde la música rock sonaba más fuerte y las libertades sociales eran palpables. Era una ventana a la modernidad que, de forma indirecta, terminó influyendo en la juventud local de Alcobendas y San Sebastián de los Reyes.

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Sin embargo, ROAKS también tenía sus sombras: la vida en una burbuja, el aislamiento de las familias militares y la sensación de transitoriedad. Soto logra que el lector sienta la melancolía de un lugar que estaba destinado a desaparecer en cuanto cambiaran las políticas de defensa y las relaciones internacionales. Hoy, poco queda de aquel Royal Oaks original, absorbido por el crecimiento urbanístico de lujo, pero la novela consigue que el lector escuche de nuevo el eco de aquellas risas americanas.

Un fenómeno literario basado en la memoria colectiva

La recepción de la novela en plataformas confirma que existe una sed de historias de identidad local. No es solo un libro para quienes vivieron allí; es una obra para entender la metamorfosis de Madrid. Soto ha realizado una labor de documentación exhaustiva, hablando con antiguos residentes y recopilando anécdotas que habrían terminado perdiéndose.

«Al Sur de La Moraleja» se posiciona así como algo más que una novela; es un acto de justicia histórica con un barrio que fue el primer contacto de muchos madrileños con la globalización. Ángel Soto ha conseguido que Alcobendas tenga su propio «American Graffiti», recordándonos que el pasado de nuestras ciudades es mucho más colorido y complejo de lo que solemos imaginar.

El regreso a Royal Oaks

A través de las páginas de ROAKS, volvemos a una España que ya no existe y a una comunidad que dejó una huella imborrable en el ADN de Alcobendas. La novela de Ángel Soto es un viaje necesario para quienes quieran entender cómo éramos y cómo nos veían aquellos que llegaron de lejos para instalarse, aunque fuera por unos años, al sur de La Moraleja. Es, en definitiva, el retrato de un tiempo donde los sueños se median en pulgadas y los horizontes olían a queroseno y libertad.

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