Seguro que más de una vez, en pleno atasco de la A-1, habéis resoplado con la radio de fondo sin saber que todo empezó con un cura de nuestro vecino Tetuán, un poste de teléfonos y una antena casera. Corría el año 1924 y la radiodifusión era lo más parecido a internet hoy: un mundo nuevo, lleno de promesas y, cómo no, de hackers.
Un párroco con mejor oído que el FBI
El 10 de noviembre de 1924, varios periódicos madrileños se hicieron eco de una noticia insólita: la detención del párroco de Tetuán de las Victorias, por aquel entonces un barrio de Chamartín de la Rosa. El titular no tenía desperdicio: “Demasiado radioescucha”. La Dirección de Comunicaciones llevaba tiempo detectando perturbaciones en la línea telefónica entre Aranda del Duero y Madrid, así que la Guardia Civil se puso a investigar. El rastro terminó en un hilo que salía de un poste a la altura de Tetuán y entraba por la ventana de una casa de cierto porte: la del sacerdote.
El cura, llevado a una prisión militar, declaró que solo quería escuchar los conciertos de música de Londres. Para ello se había fabricado una antena rudimentaria pinchando la línea. Las autoridades, que esperaban dar con “un centro peligrosísimo”, se toparon con un hombre víctima de la “afición radiotelefónica”. Al final, le dejaron en libertad con la condición de pagar los desperfectos. Ni revolucionario, ni anarquista: un pionero clandestino que solo buscaba llenar sus auriculares con la BBC.
De la galena a las ondas masivas: el reglamento que cambió todo
Hasta entonces, la radiocomunicación en España era un monopolio militar y telegráfico. La legislación del siglo XIX reservaba la telegrafía sin hilos a las fuerzas armadas, pero el interés ciudadano ya era imparable. Los periódicos publicaban instrucciones para construir receptores caseros de galena, y los primeros experimentos, como el de los hermanos de la Riva —que retransmitieron en Madrid las campanadas de la Torre Eiffel en la Nochevieja de 1922—, calentaban el ambiente.
El empujón definitivo llegó con la Ley de Radio de 1923 y, sobre todo, con el Reglamento de junio de 1924, aprobado durante la dictadura de Primo de Rivera. Este texto rompía el monopolio estatal y reconocía las emisoras particulares, clasificándolas en transmisoras y receptoras. Las de difusión o aficionados requerían concesión y un canon, mientras que las receptoras domésticas pagaban cinco pesetas (cincuenta en lugares públicos). Los aficionados clandestinos, como nuestro párroco, se multiplicaron para esquivar el pago.
La prensa empezó a hablar de la “radiomanía”. Junto a los radioescuchas, emergieron los radiopitas, que se atrevían a emitir. El ingeniero de minas Miguel Moya —hoy con calle en Malasaña— montó una estación experimental clandestina con el indicativo 1-RA y el seudónimo G. Rid. En julio de 1924, la Dirección General de Comunicaciones le otorgó la primera licencia oficial de radioaficionado el mismo día que asignaba frecuencia a Radio Barcelona. El resto es historia: Unión Radio absorbió a Radio Ibérica y puso en marcha la radio moderna.
La radio en España no nació en un estudio de lujo, sino en la ventana de un cura que solo quería escuchar música de Londres y acabó detenido por la Guardia Civil.
Lo que nos dejó aquel cura: el viaje hasta el dial de nuestro norte
De hecho, el dial de nuestra zona es un hervidero que conecta aquella época con la actualidad. Onda Cero Madrid Norte (100.0 FM) o Radio San Sebastián de los Reyes (107.4 FM) son herederas directas de aquella pasión por las ondas que movió al párroco. El fenómeno de la radio local, que arrancó en los años ochenta en Alcobendas y Sanse, sigue hoy más vivo que nunca: nos despierta, nos informa de los cortes de tráfico y nos acompaña en los inevitables atascos de la carretera de Burgos.
Si uno echa la vista atrás, descubre que aquella anécdota del párroco de Chamartín fue el síntoma de un cambio imparable: las ciudades crecían, la curiosidad se desbordaba y la radio se convertía en el primer medio de comunicación de masas. En nuestro norte, la huella es tangible. Cada vez que un vecino de La Moraleja escucha las noticias mientras cruza el puente de la Ilustración o un sansebastiano sintoniza el parte deportivo, revive sin saberlo aquel espíritu de los pioneros.
📌 Aviso en el Tablón
- A quién afecta: A los vecinos que aún hoy se enganchan a la radio en el coche, en casa o mientras pasean al perro por el Parque de Andalucía.
- Cuándo entra en vigor: La anécdota es de 1924, pero la pasión radiofónica no caduca. De hecho, el 12 de julio de 2026 celebramos otro día más de ondas vivas.
- Qué hacer: Si os pica la curiosidad, en Sanse y Alcobendas existen clubes de radioaficionados donde iniciaros. Consultad en los ayuntamientos o preguntad en vuestras redes vecinales; nosotros hemos localizado al menos dos colectivos activos.
Así que ya sabéis: cuando sintoniceíis Onda Cero Madrid Norte mientras esquiváis los baches de la A-1, acordaos de aquel cura del Tetuán de Chamartín. Cien años después, la radio sigue siendo nuestra compañera de viaje… y de atascos.


