A diez años vista, La Moraleja y sus urbanizaciones hermanas —El Soto y El Encinar— se enfrentan a un desafío común: cómo mantener su calidad de vida ante los problemas crecientes de tráfico, limpieza y seguridad. La identidad de estas zonas residenciales de Alcobendas, símbolo de exclusividad desde hace medio siglo, depende de decisiones que hoy parecen más urgentes que nunca.
MOVILIDAD, GRAN ASIGNATURA PENDIENTE
«Hemos propuesto al Ayuntamiento medidas para controlar el paso de vehículos que usan la urbanización como atajo», explicó a este periódico Julio Iranzo Méndez, presidente de la Entidad de Conservación de La Moraleja. Desde su cargo, que ocupa desde hace dos años, insiste en que el tráfico interno será uno de los grandes ejes del futuro inmediato. «En 2025 queremos implementar un plan de tráfico con base técnica. Hemos contratado expertos y realizado encuestas entre vecinos para proponer soluciones respaldadas por datos», añade. La preocupación no es exclusiva de La Moraleja.
En El Soto, Beatriz Navarro, presidenta de su Entidad de Conservación desde hace catorce años, compartió diagnóstico: «Sí, tenemos problemas de tráfico desde hace tiempo y ahora se han agravado. El Soto solo tiene una entrada y una salida principal, por la Plaza del Soto, que también usan La Moraleja y El Encinar. Eso genera atascos, sobre todo en horas punta».
El colapso no solo se debe al volumen local de vehículos, sino a los desarrollos urbanos de los alrededores. «Muchas personas atraviesan El Soto para ir a otras zonas como El Encinar o Alcobendas, porque no hay otras rutas alternativas». Según nos detalló Navarro, los nuevos barrios del norte de Madrid —Sanchinarro, Valdebebas o Las Tablas— han desbordado la capacidad de las vías de acceso. «Ahora todos esos desarrollos están volcados sobre la A-1, y especialmente sobre nuestra salida, lo que colapsa la zona».
Desde la oposición municipal, el diagnóstico coincide, aunque con un tono más político. «Es un problema histórico. Muchos vecinos han notado un incremento de coches, pero esos coches no han aparecido de repente. El PP aumentó la presencia de viviendas y población en la zona sin un plan estratégico de movilidad», sostiene Jorge Rodríguez Barrientos, concejal socialista. «Ahora es muy difícil arreglar un desajuste acumulado durante tantos años».
Su compañero de partido, Ángel Sanguino, portavoz del PSOE, abundó en esa crítica: «Los vecinos de La Moraleja no pueden ser tratados solo como votos, como ocurre a menudo con el PP. Es necesario establecer una relación directa y constante con las entidades de conservación y las empresas del barrio, con visión de medio y largo plazo».

Desde Más Madrid, Mariano Cañas reclama un enfoque más estructural: «Hace falta un estudio serio, abrir nuevas vías de transporte público y más carriles bus. La movilidad en La Moraleja, por ejemplo, es muy deficiente». En el horizonte de 2035, la sostenibilidad de La Moraleja no podrá entenderse sin un rediseño integral de su movilidad: más transporte público, menos tráfico de paso y una conexión real con el resto de Alcobendas.
IDENTIDAD
Más allá del tráfico o el alumbrado, hay un debate que atraviesa a todos los actores políticos y vecinales: ¿qué identidad tendrá La Moraleja dentro de una década? Para Beatriz Navarro, el objetivo es claro: «Me encantaría que los vecinos valoren la labor de la Entidad de Conservación y sientan que mejora su calidad de vida. Quiero una urbanización limpia, segura, sin tráfico indeseado y con accesos controlados».
El concejal socialista Jorge Rodríguez lo ve desde otra óptica: «Cuesta generar una agenda cultural o social coherente porque los vecinos están poco conectados entre sí y no hay una red vecinal fuerte. Hay que trabajar más la cohesión social, el sentido de pertenencia e identidad. No basta con infraestructuras si no hay comunidad». Incluso desde la izquierda alternativa, el discurso es similar.
Mariano Cañas, de Más Madrid, asegura que «se entiende como una urbanización privilegiada, pero también tiene graves problemas: mala iluminación, problemas de seguridad, aceras deterioradas, ratas. La gente quiere limpieza, seguridad y atención». La idea de independencia administrativa, que resurgió en tiempos pasados, hoy parece descartada.
LIMPIEZA, ALUMBRADO Y SEGURIDAD
La limpieza urbana se ha convertido en símbolo del desencanto vecinal. «sí, claramente. En La Moraleja hay un problema con la limpieza. La acción es reactiva: no hay un plan general que acometa las necesidades del distrito. Solo se actúa cuando hay una denuncia vecinal y se envían medios para tapar esa urgencia, para parchear los problemas», denuncia Jorge Rodríguez.
Desde El Soto, Beatriz Navarro coincide: «El reciclaje es un reto pendiente. Generamos muchos residuos, y todavía falta conciencia cívica. Mucha gente deja bolsas fuera de los contenedores o saca muebles a la calle sin avisar». Su entidad planea una campaña conjunta con el Ayuntamiento: «Queremos hacer una campaña fuerte de concienciación para evitar esto, porque da una imagen sucia de la urbanización, aunque esté bien cuidada».
Otro frente es el alumbrado público. «He hablado con la alcaldesa, porque esto no puede ser. Se tiene que subir la iluminación. Muchos vecinos acaban de trabajar tarde, y a la vuelta a casa están oscuras determinadas zonas. Antes había más luz. Estamos peleando para que suban los lúmenes», aseguró Navarro.
La seguridad, por su parte, se percibe en retroceso. «La inseguridad ha aumentado. Por ejemplo, el tráfico de drogas en Alcobendas ha crecido mucho, y la respuesta del gobierno ha sido esconder los datos. Dicen que la seguridad es estable, pero los datos reales preocupan», advierte Rodríguez.

Ángel Sanguino recuerda los avances previos: «En la legislatura anterior se incorporaron 40 nuevas plazas de policía local, se renovó la flota de vehículos, se inauguró un nuevo centro de comunicaciones y se están instalando cámaras de seguridad. Sin embargo, la gestión del equipo de gobierno actual es deficiente y afecta a la seguridad ciudadana».
Para Mariano Cañas, el problema es estructural: «Faltan 40 agentes respecto a hace 15 años, y la reposición es lentísima. Es un problema estructural».
FUTURO
Ni la alcaldesa Rocío García Alcántara ni la concejala del distrito Cristina Capdevila han querido hasta la fecha responder a las preguntas de LaMoraleja.com salvo que se les enviara un formulario escrito. Mientras tanto, los vecinos esperan respuestas concretas.
La Moraleja, símbolo de bienestar, enfrenta su propio espejo: atascos, farolas tenues y bolsas de basura fuera de lugar. Pero también, una comunidad de éxito dispuesta a defender su entorno. Quizás ese sea el verdadero reto para 2035: que la Moraleja siga siendo sinónimo de calidad de vida, pero también de compromiso colectivo.


