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16 de noviembre de 2018
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“El sentido de la vida es una vida con sentido”, entrevista a Alicia Pérez-Hervada

Escrito el en Noticias

“Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada”, Elizabeth Kübler-Ross, psiquiatra y escritora suiza que dedicó su vida a las personas moribundas y los cuidados paliativos.

Así queremos introducir a la protagonista de esta entrevista, Alicia Pérez-Hervada, que partiendo de sus experiencias personales y de su contacto directo con la muerte -como paciente, acompañante y médico-, decide escribir Siempre es ahora (Ed. Séneca), una novela corta sobre la muerte, un libro que le ha ayudado a comprender y a incorporar con naturalidad a la escena de la vida el último capítulo.

Para ella, el sentido de la vida es una vida con sentido. “El sentido lo das tú, el sentido eres tú cuando vives con voluntad de sentido cada ahora”, declara en esta entrevista, donde Alicia nos abre su corazón, desde lo más profundo de su ser, para explicarnos cómo ha reconducido su vida en los últimos años.

En cuanto a la muerte y a las personas que se bloquean con este tema, un consejo: “Que pongan en orden su vida y sus prioridades ahora. Es la única manera de no temerla, estar en paz, satisfecho, aceptando mi realidad tal cual es y luchando por conseguir aquello que deseo”.

Lamoraleja.com.- Siempre es ahora es tu primer libro, ¿por qué te decides a escribirlo?

Alicia Pérez-Hervada.- Todos tenemos una historia que contar, esa que nace de lo que somos y de cuanto hemos vivido. Ésta surge tras acompañar hasta el final a mi amiga del alma. Fue difícil, doloroso y al mismo tiempo, un privilegio. Y es que, de eso se trata, de vivirlo todo, hasta las pérdidas, como si fueran un libro escrito en un lenguaje extraño que algún día comprenderemos. Escribirlo me ha ayudado a comprender y a incorporar con naturalidad a la escena de la vida el último capítulo. Es la única forma de otorgarle plenitud y sentido a toda ella. Que sea el broche de oro a la existencia de cada uno.

Me movió el deseo de conseguir que la cercanía de la muerte, siempre incómoda, sea fuente de crecimiento y no de frustración. Para ello, en forma de novela breve -fácil de leer y amena- traduzco a lenguaje comprensible, la transformación que experimentamos en su cercanía, la ciencia de acompañar a un ser querido que emprende el viaje y ayuda a comprender el universo interior que transita al despedirse.

LM.- Tu trabajo y vocación como médico de familia, supongo que te han ayudado.

APH.- Sin lugar a dudas, recoge toda mi experiencia profesional al lado del sufrimiento, la enfermedad y la muerte, pero va más allá. El lenguaje científico en el que me formé da paso al poético literario para dar cabida a la dimensión trascendente de la persona.

Abandoné el ejercicio reglado de la profesión hace ya unos años, obligada por la conciliación de mi vida familiar. Fue la decisión más difícil de mi vida y ahora también puedo decir, que valió la pena. No se hace fácil resumir estos cambios vitales que me han hecho reorientar mi vocación por la salud, para hacerla compatible con las demás facetas de mi vida y de mi misma. Pero ciertamente la cercanía de mi propia muerte con treinta y siete años jugó un papel fundamental en ese cambio. En primera persona encarné la idea de que los hombres somos libres de transformar nuestra propia historia y la mía es, precisamente, dejarme transformar por la vida.

Aquí, en la escritura, en este libro, es donde he encontrado mi sitio, ausente de los habituales etiquetados humanos, incluyente, abierto, renovado. Apostando sin la seguridad, buscando mientras encuentro, permeable a las nuevas ideas de mi misma. Donde me reinvento mientras dejo lo conocido atrás. Donde busco el sentido oculto, implícito de la vida y de cuanto acontece, donde me responsabilizo de mi propio resultado. Un lugar que me hace sentir en mi sitio aun en tierra de nadie, como hasta ahora nunca había experimentado. Un lugar que me impulsa a seguir cuestionándome e indagándome, un lugar que me permite seguir aprendiendo de la mano de la escritura sin miedo a equivocarme, pues no hay error posible más allá de no atreverme a intentarlo. Un lugar dentro de mí, un universo lleno de personajes e historias a las que necesito darles vida.

He optado definitivamente por las letras y las narrativas de sentido como opción profesional. Mi vocación, más allá de las tareas concretas que desempeño cada día, es más bien el hilo conductor que las unifica todas.

LM.- Desde hace unos años impartes conferencias y escribes acerca de la muerte y el sentido de la vida. ¿Tú lo has encontrado?

APH.- He encontrado una frase que responde el acertijo: “El sentido de la vida es una vida con sentido”, el sentido lo das tú, el sentido eres tú cuando vives con voluntad de sentido cada ahora. El sentido lo encuentro cuando me entrego consciente a cada acción, aunando mi ser y mi esencia con mi estar y mi hacer. Es un concepto dinámico, no estático, por el que hay que apostar de continuo.

Incorporar la idea de la muerte a la vida es lo que la reviste de importancia, de necesidad, de sentido, lo que la impregna de la idea de que “haya servido para algo”. Y desde esa percepción de utilidad, de relevancia si quieres, es de donde surge la respuesta individual de lo que significa el sentido para cada uno.

LM.- Sé que fueron varias experiencias personales las que te marcaron y te enseñaron ese “sentido” que ahora dirige tu vida. ¿Nos puedes hablar de ellas?

APH.- La vida habla a través de sucesos, nos interroga, nos plantea preguntas, búsquedas que debemos acometer, responder. Con veintiún años tuve mi primera operación de espalda tras un traumatismo y años después tuve que ser nuevamente intervenida, en ambas ocasiones con afectación neurológica importante. Con treinta y siete años, viví mi propia vulnerabilidad ante la muerte tras una hemorragia aguda por un aborto espontáneo… la vida misma, la enfermedad, las limitaciones que nos sitúan en el camino de la consciencia y estimulan nuestra capacidad de darnos cuenta de lo importante si estamos receptivos. El cuerpo y sus síntomas son aliados muy poderosos, pueden ser algo más que una mera enfermedad que requiere un tratamiento y pueden guiarnos hacia la vida del sentido y de la realización.

No conozco el día ni la hora, pero se cómo quiero despedirme: siendo plena, y por ello debo hacer pleno cada ahora.

LM.- ¿Te da miedo la muerte?

APH.- Desde que vivo aquí y ahora, en plenitud, no temo morir. Me miro en el espejo de la finitud cada día para priorizar. Tengo además la certeza de que la muerte no es el final, de que nuevos misterios nos aguardan tras el telón aparente que cae. Pese a no comprender o saber, me siento cómoda desde la intuición y el vislumbre de algo más.

Mi no tener miedo no es por aquello que espero, sino por mi entrega al instante haciéndolo completo, ¿qué más da si es mucho o poco si es todo lo que puedo hacer? Así, la vida está hecha de muchos “ahoras”, estoy tan ocupada en vivir cada ahora plena y conscientemente, que la muerte sólo existe como llamada al sentido.

Para morir bien hay que estar acostumbrado a morir a cada instante, en cada circunstancia, a dejar ir, a no pretender retener nada o adueñarse de nada, no es posible.

Se muere como se ha vivido. Vida y muerte son las caras de una misma moneda. Me ocupo de vivir “bien” y confío en que traerá en el revés un morir bien, de la mano de todo aquello a lo que he dedicado mi tiempo, de quienes he querido. Donde he puesto mi energía me acompañará en el adiós.

LM.- La doctora Elizabeth Kübler-Ross, después de muchos años estudiando a personas que habían tenido experiencias extracorporales, se atrevió a afirmar que “sí existe vida después de la muerte”. ¿Qué opinas?

APH.- Tras acompañar la muerte a través de los años asistes a “fenómenos inexplicables” o que al menos no consigues explicar racionalmente. Me resulta innegable un nivel espiritual, más allá de la materia que sigue sus propias leyes, alejadas de la física newtoniana, pero que se ajustarían a los supuestos de la física cuántica. Este nivel espiritual, energético, más allá de la materia tangible que podríamos considerar el alma, se desliza en el libro a través de la poesía, que se va colando entre las páginas para dar voz a la intuición y lo desconocido. La poesía es la voz de lo que la razón no entiende.

LM.- ¿Qué consejo darías a las personas que temen a la muerte?

APH.- Que pongan en orden su vida y sus prioridades ahora. Es la única manera de no temerla, estar en paz, satisfecho, aceptando mi realidad tal cual es y luchando por conseguir aquello que deseo.

Estamos Aquí Ahora, para cambiar las cosas a la altura de lo que soñamos. No encontraremos la paz si no lo intentamos. Si no nos convertimos nosotros mismos en vehículo, vía y movimiento de aquello que anhelamos.

Atrevernos a ser los protagonistas -y no las víctimas- de todos los capítulos de la vida, incluido el último. Desarrollar el arte del buen vivir del que se alimentará, sin dudarlo, un buen morir. Para así, podernos despedir un día con un “todo está cumplido” sincero. He sido quien quería ser, he aprovechado mi tiempo, la vida, para aprender, crear, querer, inspirar.

LM.- ¿Nuevos proyectos?

APH.- Saber abrirme a la novedad de cada día para avanzar siendo leal a mi misma. Estoy volcada en la escritura de un nuevo libro y en la recopilación de poesías que he ido escribiendo a lo largo del tiempo. Espero poder compartirlo con muchos lectores. Y continuaré acompañando a quien necesite mi cercanía al final de la vida y compartiendo mis vislumbres, aprendizajes y búsquedas en grupos de formación, charlas y conferencias, siempre disponible, desde un sí rotundo a la vida y agradecida, siempre agradecida.

Fotografía: Luis Benolier. Texto: María Couso.



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