Gracias, Juan
A Juan Masiá, sacerdote jesuita:
Es una breve nota para ti. Gracias. Gracias por todo lo que me has aportado. Gracias por estar ahí tantas veces como, en la duda, en la turbación, necesitaba algo de luz. Gracias por tus palabras, casi siempre clarificadores sobre qué rumbo tomar, sobre qué pensar alguien que no está demasiado puesto en el tema, alguien a quien le falta tanto conocimiento... Pensaba que te habías ido, que te habías refugiado en el silencio de tu cátedra, allá en Japón. Leí que tenías enemigos poderosos entre... "los jefes" (qué sarcasmo hablar de jerarquía en el ámbito de lo sagrado), pensé que para no molestar demasiado habías decidido autocensurarte. Por eso, haber descubiero por casualidad que habías comenzado a escribir de nuevo, me ha llenado de alegría. Me faltaba algo, me faltaba tu luz, me faltaban tus puntos de vista, casi siempre enriquecedores para un profano como yo en tantas cosas...
Espero y te deseo que esta nueva andadura no signifique que te callas ciertas cosas para no molestar, que continúes con la verdad (tu verdad, cierto, tan subjetiva pero tan válida como cualquier otra, como la de los que se molestan con tu palabra), que a tantos nos ha guiado en momentos de tinieblas.
A nivel personal, tengo que reconocerte que por esas cosas que pasan siempre he encontrado la luz en vosotros, los heterodoxos. En Hans Küng, un buen "amigo", gracias al cual hoy sigo considerándome hijo de la Iglesia. En Jon Sobrino, compañero de fatigas y de congregación tuyo. En ti mismo, y tus enseñanzas sobre cómo acercarme a la bioética, a los nuevos retos que se presentan a los seres humanos en un mundo como el actual, en el que la ciencia avanza a pasos agigantados entre la idioticia de tanto alzacuellos, que sólo sabe responder con miedo ante los retos que se le presentan a la humanidad (la vida, la muerte, el paso de una a otra), sin saber exactamente cómo afrontarlos más allá de las represiones de siempre...
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TODA CONCEPCIÓN INMACULADA, NINGÚN NACIMIENTO VIRGINAL
Escrito por: Juan Masiá Clavel, sacerdote jesuita
Más allá de exageradas exaltaciones mariológicas y de alergias antimarianas, recuperamos, en la meditación del 8 de diciembre, la riqueza simbólica de María, icono de gratuidad.
Toda concepción es inmaculada. La fertilización no mancha. Ningún nacimiento es virginal. En todo nacimiento hay ruptura, separación desgarradora a la vez que creadora.
Somos concebidos en pureza originaria y nacemos con bondad original, pero vemos la luz en un mundo cuyo ambiente está enrarecido por el mal originado inexplicable. A lo largo d ela vida gratamos de superarlo, a la vez que lamentablemente lo incrementamos.
María y José son los progenitores de Jesús, nacido de mujer por unión con el varón gracias al Espíritu de vida.
En la gestación procreadora los progenitores engendran la vida que el Espíritu les da y el Espíritu les da la vida que ellos engendran.
La narración mítica sobre Eva o la metáfora de una concepción inmaculada son armas de doble filo. La predicación pesimista sobre el mal llamado pecado original (que ni es un pecado, ni es lo más originario) impide depurar la imagen de “Eva –dadora-de-Luz” y recuperar el símbolo de “Ave-Mujer-agraciada”.
Dar a luz es dar luz, porque toda criatura que nace es una chispa de luz originaria para un mundo con oscuridad original.
Nadie nace con mancha, ni el dar a luz mancha a nadie. Ni la criatura ni la madre necesitan purificarse por el nacimiento. Lo que necesita purificación es el mundo que entre todos y todas contaminamos.
Si alguien entra en una habitación con el aire contaminado por el humo del tabaco y empieza a toser, no tiene culpa ninguna. Si, en vez de abrir las ventanas para ventilar, enciende un habano, contribuye por su parte a aumentar la contaminación. Toda criatura nace sin mancha y ve la luz en un mundo que ya hemos enrarecido entre todos y todas de antemano: es la metáfora del mal original. Cuando alguna vez esa criatura contribuya a aumentar la contaminación, se dirá por primera vez que ha cometido un mal, ha desperdiciado su propia luz originaria y ha contribuido a aumentar la oscuridad original.
¿Se puede hablar de pecado original hoy? Es posible, si decimos que es el negativo de una foto: la gracia original, ¡amazing grace!. El mito de Adán y Eva no es una historia de cómo empezó el mal en el pasado, sino una imagen de lo que ocurre siempre en el presente; la contradicción de no hacer el bien que queremos y cometer el mal que no queremos, a la vez seducidos y responsables, víctimas y autores de heridas en la oscuridad. Pero, a pesar de todo, hay esperanza, que es el núcleo del símbolo de la Inmaculada.
Hay que revisar hermenéuticamente, para que la fe adulta recupere las riquezas (sin magias, ni fanatismos, ni lecturas al pie de la letra) del lenguaje religioso, todo él metafórico. Hay que aplicar esto a las nociones de : 1) concepción inmaculada de María, 2) concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo, 3) alumbramiento de Jesús, nacido de mujer y 4) los relatos sobre los otros hermanos de Jesús.
Inmaculada (8 de diciembre) y Asunción (15 de agosto) son dos nociones-límite, como el cero y el infinito, metáforas de salvación y esperanza. Del principio al fin no hay punto donde no alcance la voluntad salvífica universal de Dios. Dos caras del mensaje: “Dios te ha amado, María, desde antes de nacer, y te ama tras la muerte, vives en Él para siempre” (cf. Eph 1,4). No sólo María. Ella es símbolo de lo que Dios quiere para todo el mundo: salvación, vida y esperanza. Ella participa, como prototipo, de la mirada divina amorosa desde el principio de la existencia. No hagamos de María caso aparte alejándola de la humanidad en pedestal inaccesible, como si no fuera mujer: cotidiana y creativa, novia y esposa, madre y viuda...
Arrastramos, desde san Agustín, la interpretación equivocada del pecado original, como si estuviera relacionado con la procreación y transmitido por herencia. Unido esto a la discriminación de la mujer y a la obsesión en la iglesia con todo lo relativo a sexualidad, se redujo la imagen de María a símbolo de pureza asexuada. Pero, en la Biblia, pureza significa más: honradez consigo mismo y con los demás, sinceridad ante Dios, justicia y solidaridad, ausencia de dobles intenciones, corazón leal, reflejo de la misericordia divina.
La definición dogmática de la Concepción Inmaculada presuponía una determinada manera de entender el pecado original. La presunta no intervención de José en el nacimiento de Jesús se debía a que se la creía incompatible con la divinidad de Jesús. El modo de hablar sobre la virginidad de María presuponía una determinada visión negativa de la sexualidad. El modo de hablar de nacimiento virginal presuponía los tabúes sobre la sangre como mancha. La insistencia en la virginidad post partum presuponía igualmente una mentalidad estrecha acerca de la sexualidad y las correspondientes discriminaciones de la mujer.
El que se revisen y depuren hoy crítica y hermnéuticamente todas estas expresiones es perfectamente compatible con seguir confesando, como confesamos en el Credo, que Jesús, nacido de mujer (Gal 4,4), es verdadero hombre y verdadero Dios, es decir, manifestación decisiva y rostro de Dios en la historia humana.
Uno de los errores que arrastra la catequesis cristiana es haber hablado demasiado de pecado original y poco de gracia originaria. Lo peor fue que el malentendido se formuló a nivel popular en catecismos y a nivel artístico en los errorres del Juicio final de la Capilla Sixtina o el Dies irae de las misas de difuntos (Lo que se salva de este último son aquellos versos que dicen: qui salvandos salvas gratis…).
María, símbolo de la humanidad, que acoge receptiva el don de la gracia original, merece el saludo del ángel, que es personificación imaginaria de la voz creadora de la Fuente de la Vida: Ave, gratia plena, dice insuficientemente el latín. Alégrate (llénate de “charis” o alegría), tú la agraciada (la receptora de “charis” o gracia”). Pero si María es símbolo de la Humanidad (para creyentes del Primer Testamento, “hija de Sión”, “esperanza del pueblo”…), a la humanidad entera se dirige la voz impersonada en Gabriel: “Alégrate Humanidad, tú la agraciada, porque el Señor está contigo, mora en tí y tú respiras y vives en Él, estás llamada a crear con Él desde la fuente de su creatividad. Bendita tú eres, humanidad inserta, relacionada y vinculada con todas las criaturas, llamada a recrearlo todo. Y bendita cada vez que dé fruto el seno de tu creatividad”.
La señora Minamoto lleva a sus dos preciosas niñas gemelas a la guardería de las religiosas concepcionistas. Está encantada con las maestras y la educación. Le gusta que en el mes de Mayo y en el 8 de diciembre canten con flores ante María. Dice que, aunque no sean cristianas, la religiosidad es muy buena para la educación afectiva. Solamente hay un detalle que no entiende: ¿Por qué es tan raro y difícil el nombre de Purísima Concepción?
Claro, en japonés, “concepción” es una palabra que suena a término técnico de medicina o biología. Se entiende, pero es muy abstracto. “Además, preguntaba esta madre apurada, ¿es que cuando yo concebí a mis dos gemelas quedé manchada?” En japonés lo contrario de “purísima” sería “kegareta“, es de decir “manchada”, que suena muy mal. Para empeorar las cosas, al ver que las religiosas tienen en japonés el nombre de “mu-genzai” (inmaculadas; al pie de la letra, “sin pecado original”), me pregunta sonriendo, no sé si ingenua o maliciosamente: “¿Y cómo se las arreglan en esa congregación para reclutar a tantas personas inmaculadas?” Imagínense ustedes el lío. ¿Por dónde empezarían la explicación para desmontar malentendidos? Le pregunté: “¿Hay en su familia alguna mujer con el nombre de Kiyomi?” “Sí, mi prima, ¡qué casualidad!” “Bien, pues ahí tiene una palabra con dos caracteres, el de pureza y el de fruto, la mejor traducción para la Purísima. En cuanto a lo de la concepción, mire, ni usted se manchó cuando concibió a sus hijas, ni ellas se mancharon al nacer. Ellas y usted, lo mismo que María, son, como don divino, desde el primer momento de su vida algo arigatai, que en japonés significa “lo que se agradece”. María es para nosotros el símbolo de la “Purísima Gratitud”.
Al oir esto, dice la señora Minamoto: “¡Qué bien suena en japonés!”. Le pregunto de nuevo: “¿Conoce el canto, en inglés, Amazing grace?”. “Sí, lo cantamos junto con las profesoras el día de las familias, es muy bonito, tanto la música como la letra”. Así es, les gusta en Japón este canto. En cuanto a la pureza, es una noción del lenguaje cotidiano y, a la vez, del lenguaje poético ancestral desde los días de los poemas del Manyôshu. Y la gratitud es el núcleo central de la experiencia religiosa en muchas espiritualidades orientales. De manera, que, en ese contexto, me animo a llamar a María “La Purísima Gratitud” (Kiyoki arigatasa).






